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Seguridad y Justicia

Los ocho desafíos de la coyuntura actual
Juan Pablo II / www.interrogantes.net, Alfa y Omega

¿Cuáles son los desafíos que todo líder político o económico, toda persona que quiera promover un mundo más justo, tiene que afrontar en estos momentos? Juan Pablo II ha respondido a esta pregunta ofreciendo ocho retos decisivos que tienen un común denominador: poner al hombre y a la mujer en el centro del desarrollo. Presentamos un resumen de las ocho propuesta que presentó Juan Pablo II en su discurso a los embajadores de los países acreditados ante la Santa Sede el 10 de enero de 2002.

Defensa de la vida humana en toda situación

El primer desafío que en estos momentos espera al mundo es, según Juan Pablo II, «la defensa del carácter sagrado de la vida humana en toda circunstancia, en particular ante las manipulaciones genéticas».

Ante todo, el Pontífice especifica: en toda circunstancia. La aclaración recuerda el encendido debate que existía entre los católicos estadounidenses, hace algo más de tres años. Los grupos pro-vida, que luchan por la defensa de la vida humana en sus fases preliminares, se preguntaban si debían luchar con la misma energía contra la pena de muerte. Algunos de ellos, contradictoriamente, eran incluso favorables a la ejecución capital; otros eran convencidos opositores, pero se decían que quizá era mejor concentrar los esfuerzos en la defensa del no nacido, pues los sondeos confirmaban que la mayoría de la opinión pública es favorable a la pena de muerte. En pleno debate, era muy esperada la visita de Juan Pablo II a Saint Louis (Estados Unidos), a final del mes de enero de 1999, tras su viaje a México. En la misa celebrada en el Trans World Dome de aquella ciudad de Missouri, el 27 de enero, fue muy claro: «Ser incondicionalmente pro-vida –dijo textualmente– significa defender, servir y celebrar la vida en toda circunstancia».

«Un signo de esperanza –añadió– es el mayor reconocimiento de que no se puede quitar nunca la dignidad de la vida humana, incluso cuando alguien haya cometido un gran mal. La sociedad moderna tiene los medios para protegerse, sin negar definitivamente a los criminales la oportunidad de reforma». El Papa fue aún más allá. Un día antes, en el aeropuerto de Saint Louis, ante el entonces Presidente Bill Clinton, explicaba: «Escoger la vida implica rechazar toda forma de violencia: la violencia de la pobreza y del hambre, que oprime a demasiados seres humanos; la violencia de los conflictos armados, que no resuelve, sino que agrava las divisiones y las tensiones; la violencia de armas particularmente horrendas, como las minas anti-personales; la violencia del tráfico de droga; la violencia del racismo; y la violencia de los irresponsables daños al ambiente natural».

Para el Papa, sería un grave error reducir la cultura de la vida a la defensa de los derechos de los no nacidos. Ciertamente, éstos exigen un compromiso especial, pues son particularmente inermes. Pero la defensa de la vida no sería creíble si no se compromete en la defensa de toda vida, en todos los instantes, desde la concepción hasta el ocaso natural. Ahora bien, en el enunciado de este desafío, el sucesor de Pedro hace una especificación significativa: exige defender la vida en particular ante las manipulaciones genéticas. Éste es quizá el gran reto que el hombre tiene ante sí en estos momentos, según el timonel de la barca de Pedro. Las estupendas posibilidades de la investigación científica, tan ardientemente promovidas por él en estos 23 años de pontificado, presentan el riesgo de hacer del hombre, en especialmente en el primer instante de su existencia, mero instrumento de experimentación o materia prima sacrificada al provecho de la industria farmacéutica.

La reproducción de seres humanos a través de la clonación ha sido ya un hecho de laboratorio. Y, si es verdad lo que en días pasados anunció el profesor Severino Antinori (algo que los científicos dudan), en pocos meses podríamos asistir al nacimiento del primer bebé clonado.

Se entienden así las afirmaciones del físico Antonino Zichichi, Presidente de la Federación Mundial de Científicos, quien consideró que las consecuencias de la ingeniería genética podrían ser mucho más graves que las de la bomba atómica (Il Messaggero, 17 de agosto de 2000).

Promoción de la familia

El segundo desafío que expone el Papa es «la promoción de la familia, célula fundamental de la sociedad». Mucho antes que ser una cuestión ética o religiosa, presenta la familia como una realidad humana y social.

En una sociedad globalizada, en la que las personas se convierten en simples números de tarjeta de crédito, en códigos de identificación fiscal, o en votos, el Santo Padre está convencido de que la familia es el primer lugar en el que se superan las «relaciones puramente funcionales», para instaurar «relaciones interpersonales, ricas de interioridad, de entrega gratuita» (explicaba el 15 de octubre de 2000, en el Jubileo de las Familias). En la familia, el hombre, la mujer, el bebé, no son consumidores, son personas con nombres y apellidos.

Por ello, según el mismo obispo de Roma, «uno de los desafíos más arduos que afronta hoy la Iglesia es el de una cultura individualista, que tiende a circunscribir y aislar el matrimonio y la familia en el ámbito privado» (discurso a la Rota Romana, 11 de febrero de 2001). Es en la familia donde comienza la resistencia ante la homologación y homogeneización de la cultura dominante.
«La Iglesia sabe también, y la experiencia diaria se lo confirma –añadía el Papa en el Jubileo de las Familias–, que cuando este designio originario se obscurece en las conciencias, la sociedad recibe un daño incalculable». Numerosos estudios han demostrado ampliamente que los índices de criminalidad, de suicidio, de pobreza y marginación aumentan con los índices de divorcio.

Eliminación de la pobreza

El tercer desafío para Juan Pablo II es «la eliminación de la pobreza, mediante esfuerzos constantes en favor del desarrollo, de la reducción de la deuda y de la apertura del comercio internacional».

En los últimos años, las Conferencias internacionales organizadas por las Naciones Unidas sobre el desarrollo han llegado siempre a una misma conclusión: los esfuerzos para reducir a la mitad la pobreza en el mundo (compromiso solemnemente asumido por la comunidad de naciones) son insuficientes. Ante esta situación, los representantes de la Santa Sede ante las Naciones Unidas insisten cada vez más en el hecho de que toda política que hoy día quiera combatir la pobreza en su raíz tiene que hacer del hombre, de la mujer, protagonista de su futuro. Esto es particularmente evidente en la economía actual, «fundada sobre los conocimientos», como constataba el arzobispo Diarmuid Martin, observador permanente de la Santa Sede, al intervenir, el 25 de marzo, ante la Comisión para los Derechos Humanos de la ONU. «Su iniciativa y creatividad son la fuerza motriz, e innovadora, de una economía moderna», añadió. Ahora bien –constató–, «la triste realidad es que muchas personas, quizá la mayoría hoy, no tienen los medios que podrían asegurarles ocupar su lugar de forma eficaz y humanamente digna dentro de un sistema productivo en el que el trabajo es realmente esencial».

Por este motivo, el representante papal aseguró que, «actualmente, la pobreza no puede definirse sólo en términos de falta de ingresos, sino más bien en términos de capacidad de desarrollar completamente ese potencial humano con el que Dios ha dotado a cada hombre y mujer. Combatir la pobreza significa desarrollar el potencial humano». De este modo se entienden mejor las dos peticiones específicas que presenta ante este desafío el Papa: por una parte, la condonación de la deuda externa de los países en vías de desarrollo, que, como han demostrado estudios del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, quitan recursos decisivos al gasto público en campos como la educación o la sanidad.

La otra petición, «la apertura del comercio internacional», es particularmente importante. Las instituciones financieras internacionales han comenzado a considerar como un parámetro del nivel de vida de las personas de un país (junto a los índices relativos a los servicios sanitarios o escolares) el acceso a los mercados internacionales, pues los mercados crean riqueza. La petición pontificia toca de lleno a Estados Unidos y Europa, que predican apertura de los mercados, como sucedió en la Conferencia sobre financiación del desarrollo (Monterrey, 18 al 22 de marzo), pero después hacen lo contrario: cerrando sus mercados a los productos de los países pobres (como los nuevos impuestos de Washington al acero, o la política agrícola comunitaria). En el fondo, se promueve así una globalización falsa, de conveniencia, en la que lo más importante, el capital humano, no es libre, pues está sometido a las severas leyes sobre inmigración impuestas por los países ricos.

Derechos humanos

Como cuarto desafío, el Papa presenta «el respeto de los derechos humanos en todas las situaciones, con especial atención a las categorías de personas más vulnerables, como los niños, las mujeres y los refugiados».

Juan Pablo II considera –lo dijo el 27 de febrero pasado– que, en estos momentos, una gravísima amenaza se cierne sobre los derechos del hombre, pues, como denunció ante la Academia Pontificia para la Vida, en las legislaciones nacionales están perdiendo su naturaleza propia y se están convirtiendo en «expresiones de las opciones subjetivas propias de quienes gozan de poder para participar en la vida social, o de quienes obtienen el consenso de la mayoría».

El riesgo es que los derechos humanos sean establecidos (o cancelados) a golpe de mayoría, ya sea en los sondeos de opinión, ya sea en los Parlamentos (el voto del Europarlamento del 13 de marzo sobre mujer y fundamentalismo es una buena prueba). En ese discurso citado, el Papa alertó así ante la posibilidad de que «incluso los regímenes democráticos se transformen en un substancial totalitarismo».

Al hablar de derechos humanos, el Papa habla de los sujetos que corren un riesgo particular: los niños, las mujeres, los refugiados. Tras los atentados contra las Torres gemelas y el Pentágono, el riesgo es que la seguridad nacional de los países (comprensible) haga olvidar otros derechos fundamentales, como los de los refugiados. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) denuncia precisamente, en el editorial del último número de su revista, Refugiados, que la guerra al terrorismo lanzada por Washington corre el riesgo de agravar la situación de más de veinte millones de refugiados del mundo, de los cuales entre el 50 y el 60% son niños, que con frecuencia han nacido y vivido en un campo de refugiados.

Tomado de www.alfayomega.es, nº 307.

 

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