a un click de las autoridades... influye
 
..
  Influye  
  Editorial  
  Yo Propongo  
  Voz de Miembros  
  Páginas Estatales  
  Haz Algo  
  Caricaturas  
  Artículos  
  Entorno Político  
  Los Líderes Hablan  
  El Semáforo  
   
  Foro Abierto  
  Tu Mundo  
  Nacional  
  Internacional  
  Yo Influyo Electoral  
  Tu Representante...  
  Boletines  
  Denúncialo  
  Ligas
  Frases
Justicia Social

La niñez indígena.
VI Festival de Música y Danza Indígena

Cada municipio, poblado, comunidad y pequeña ranchería ubicado en las montañas, en las costas, en los valles, en las selvas o en los desiertos, encuentran su vigor en la niñez. Ahí, el juego y el trabajo son actitudes inherentes a sus condiciones de vida. Silbatos zoomorfos de barro cocido, flautas de carrizo, caparazones de tortuga, maracas de calabazos, chicotes y pequeños tambores, forman parte de los juguetes sonoros que los niños indígenas elaboran o acondicionan. Al lado de su madre. de su padre o de sus abuelos, el oficio se va aprendiendo a manera de juego, y a manera también de juego, el niño se va haciendo músico y/o danzante; unos por tradición familiar o por vocación, y otros por promesa religiosa.

El juego de imitar a los adultos en los pueblos indígenas se fundamenta en la noción del prestigio, y de ninguna manera es arbitrario u ocasional; es un sistema instituido sobre bases firmes y fuerte tradición; posee normas acordadas y explicitadas socialmente. Por dicha razón se transmite de generación en generación, a condición de seguir vigente para dar continuidad a la cultura. Al respecto, recordemos las carreras de los niños rarámuris, la iniciación en la cacería de aves que organizan los niños hñahñü; la elaboración de muñecas de trapo entre las niñas tzeltales, tzotziles o mazahuas; los collares de semillas que confeccionan las jovencitas lacandonas; las niñas alfareras purhépechas de manos delicadas o bien las hábiles niñas tejedoras de palma de la mixteca baja oaxaqueña.

Lo onírico, lo gratuito y lo estético del juego como mecanismo de enseñanza-aprendizaje, son parte de la misma condición infantil, producto de una sensibilidad socializada e históricamente desarrollada. Así, lo estético del juego y el juguete satisface necesidades materiales y espirituales, pero también es vehículo para la expresión y la comunicación entre la familia y la comunidad.

Los pueblos indígenas son sociedades muy integradas, por lo cual resulta difícil hablar en particular de la música, de la danza, de la estética, de la ética, de normas sociales y de ocupaciones y cargos comunitarios como áreas diferenciadas de la actividad humana y de la vida misma. Todas ellas se articulan, determinan y confluyen a la vez. Muchos de los mitos, costumbres y ritos de los que se derivan las danzas, el canto y en buena medida la música, se fundamentan en ciclos esenciales según estén simbolizados los códigos en cada unidad social y, por tanto, están íntimamente relacionados con actividades, tareas, normas y valores que han permitido caracterizar a cada sociedad.

Es por ello que el juego infantil articula por lo menos cuatro elementos: la transformación práctica de un objeto o elemento con base en el juego-trabajo (pensemos en un instrumento musical), el conocimiento, la orientación valorativa y la transmisión de información colectiva en mensajes particulares.

En las sociedades indias existe una interrelación (corno elementos de identidad) entre la herencia cultural y la riqueza de las tradiciones manifiestas en los niños. A diferencia de lo que ocurre en las sociedades occidentalizadas, en las comunidades indígenas los niños asumen papeles sociales, económicos y rituales a muy temprana edad, a través de ritos de paso. La integración de ellos a las agrupaciones musicales o a las celebraciones rituales de la danza, es casi un sistema obligatorio, caso de esto lo encontramos entre los nahuas y otomíes, en la formación de la Danza de Pastoras; entre los coras y huicholes, en donde los niños pare poderse convertir ya sea en músicos o en danzantes, primero tienen que participar en una cacería que organizan los adultos. Ejemplo similar es el complejo simbólico del niño como vehículo de adoración, una referencia son los niños -malinches- de la Sierra Norte de Puebla. Para las culturas indígenas lo más puro y cercano a las divinidades son los niños.
Otra referencia de la interrelación de elementos disímiles (en apariencia), que funcionan como conductores de la socialización primaria, lo detectamos entre los tenek; las maracas que elaboran los niños con calabazos y madera, la carga simbólica que se le confiere al instrumento musical, la presencia de los frutos (bules o tecomates) como parte del entorne natural y la concepción religiosa que de ellos se tiene en la comunidad, son inseparables de las creencias y prácticas rituales, las que tienden e reelaborarse en formas estéticas, ya sean en enunciados corporales, sonoros o de otra naturaleza.
A partir de estos razonamientos, resulta habitual que entre los indígenas el carácter de músico se adquiera prontamente con base en un proceso de aprendizaje por secuencia lógica y grado jerárquico. Para que un niño o joven sea reconocido como músico por su comunidad, debe dominar la ejecución, tanto de los instrumentos didácticos de iniciación a la música, como de aquellos más complicados en su manipulación.

La línea pedagógica y el auxilio didáctico con los que cada sociedad afronta el proceso de la enseñanza de la música y de la danza, están conformados por infinidad de aspectos y elementos, no siempre determinantes, armónicos o coherentes a nuestro entendimiento. En el interior del complejo mundo indígena, un individuo a lo largo de su vida desempeña diversas funciones comunitarias: puede fungir a la vez como autoridad tradicional o política, trabajar la tierra, elaborar objetos de arte indígena, ser un relator de la historia, curandero, mayordomo, maestro de música, o quien transmite los conocimientos míticos, rituales y coreográficos de una danza.

A las mujeres y hombres que guardan celosamente dichos saberes, tan sólo les basta el reconocimiento de su pueblo y el sentirse congratulados con los santos para empeñar buena parte de su existencia en la tarea de enseñar las tradiciones a las nuevas generaciones. Este servicio comunitario se solidifica en sus propias figuras locales, de modo que los actores-eje configuran una estructura esencial, que se institucionaliza formalmente para dar respuesta a la necesidad de la continuidad cultural de un grupo, y en particular determina los modelos de acción colectiva por los cuales los niños acrecentan su acervo de conocimientos, nociones, técnicas y representaciones estéticas.

Para el logro de mantener viva la tradición día con día, en diferentes espacios de una comunidad (entorno de apropiación común) se desarrolla la función de enseñar a los niños. Dicho ejercicio exige un amplio compromiso y conocimiento de la disciplina.

A diferencia de lo que ocurre en la educación académica occidental, el aprendizaje entre los indígenas nunca parte de cero, sino que se entiende como un proceso dinámico, que en muchos casos inicia desde el período prenatal y se desarrolla a la par con el crecimiento físico del. individuo, de tal manera, todo nuevo conocimiento se integra, articula y refuncionaliza de acuerdo a la historia particular de la persona.

En el desarrollo del proceso de enseñanza-aprendizaje interactúan maestros y alumnos guiados por las expectativas que de ellos tiene la comunidad y bajo las formas y códigos que demanda la práctica misma. Por todo lo anterior podemos afirmar que la enseñanza en la sociedad indígena es un proceso organizado y sistemático, orientado hacia la reproducción de la cultura.

Los niños desde muy pequeños están inmersos en un ámbito cognoscitivo (microcosmos) que les permite socializarse y al mismo tiempo insertarse en los esquemas de conducta, y de ahí, participar tempranamente en las actividades propias de las representaciones culturales. En casa y en su extensión más próxima, que es la propia comunidad, el niño vive su crecimiento, el desarrollo de sus sentidos y el aprendizaje de la música y la danza; por lo cual entra con mayor facilidad a dichos sistemas de conocimiento y a la adaptación de las técnicas físico corporales requeridas para ello.

Aunque de naturaleza heterogénea, factores como la necesidad de un reconocimiento social, las creencias religiosas, el deber y la encomienda comunitaria, la concepción y apropiación del entorno natural y la penuria económica, se vinculan a elementos simbólicos como la oración corporal, los esquemas rítmicos (casi siempre complejos), los lenguajes musicales y el idioma a manera de códigos generadores del conocimiento. Todo esto forma parte de la didáctica indígena y da la pauta para la continuidad de la música, la danza y el canto a través de los niños. El juego-trabajo, el juego-oficio, es una actividad de aprendizaje y socialización infantil, que a la postre se convierte en trabajo, oficio y condición social.

Para el niño indígena ser músico o danzante es un compromiso de identidad con su cultura, con su comunidad y con su familia; sustentado en antiguas raíces que se refuerzan generación tras generación, por eso, la niñez indígena es el ser de la continuidad del saber.

 

Version para imprimir Volver al principio
Volver a la pagina principal de: Justicia Social
Todos los derechos reservados: yoinfluyo.com
 

Desarrollado por Ingeni@ Group              Fundación Yo Infuyo, A.C. © Todos los derechos reservados            Inscríbete al boletín