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Justicia Social

El verdadero Obispo de los Pobres
Guillermo Velasco Barrera

El domingo 15 de octubre el Papa Benedicto XVI canonizó a monseñor Rafael Guízar y Valencia, quien fuera obispo de Veracruz a partir del año 1919 hasta su muerte, ocurrida en la ciudad de México en 1938. La plaza de San Pedro en Roma fue testigo del júbilo de miles de mexicanos, que se congregaron para presenciar este acontecimiento, que por primera vez llevó a un obispo latinoamericano a los altares.
La canonización del denominado Obispo de los Pobres, así conocido por su labor pastoral entre los más necesitados, representa para nuestro país no sólo un suceso relevante desde el punto de vista religioso, sino un hecho de trascendencia histórica. México ha sido una nación católica y miles de mexicanos, en diversos momentos del siglo XX, soportaron toda clase de persecuciones y vejaciones desde el ámbito del poder que buscó a toda costa subordinar y controlar el ministerio de la Iglesia a la que pertenecemos prácticamente la mayoría de los mexicanos.

El obispo Guízar y Valencia no estuvo ajeno a estos hechos. Victoriano Huerta, quien se hizo del poder en el año 1913 tras la caída del gobierno maderista, marcó el inicio de una época de muchas hostilidades contra el clero que se extendió hasta 1940. Durante los conflictos revolucionarios, fundamentalmente a partir de 1913, este sacerdote michoacano se dio a la tarea de auxiliar enfermos y heridos en el DF, Morelos y Puebla. Algunas crónicas consignan que este personaje, disfrazado de vendedor de “baratijas”, se introducía en los campos de batalla para auxiliar sobre todo a los agonizantes.

Entre los años 1925 y 1929 Guízar y Valencia, siendo ya obispo, tuvo que abandonar el país y vivir de forma itinerante en Estados Unidos, Cuba, Colombia y Guatemala. En varias ocasiones se refugió en la ciudad de México, pues durante los años más álgidos de la persecución religiosa en México, en la llamada Guerra Cristera, se le buscaba para matarle.
Estos capítulos de la historia se conocen poco; al menos no han sido parte de la educación oficial en las aulas. Millones de niños y jóvenes mexicanos quizá ni siquiera han escuchado hablar de la Cristiada, ocurrida en México entre los años 1926 y 1929 y a la que el historiador Jean Meyer ha calificado como una “legítima defensa de un pueblo agraviado”.

La “laicidad” del Estado mexicano ha sido interpretada por algunos como una prohibición a la libertad de culto y a la manifestación de fe de los católicos; y digo los católicos porque estas voces que se alzan para insistir en que la religión “es un asunto para guardarse en casa” parecen no inmutarse por la expresión pública de otras denominaciones religiosas. Todas ellas merecen respeto, justamente en un Estado laico que debe promover y defender las libertades.
En noviembre de 2005 varios políticos celosos de la “laicidad” se rasgaron las vestiduras por la asistencia del secretario de Gobernación, Carlos Abascal, a la ceremonia de beatificación de Anacleto González Flores, figura emblemática de la Guerra Cristera; en su momento otros más manifestaban su indignación por la presencia de Carlos Medina, siendo gobernador de Guanajuato, a las peregrinaciones al cerro de Cristo Rey en el Bajío.

En las democracias maduras no sólo los ciudadanos, sino también los gobernantes, pueden manifestar su fe y sus creencias y no por ello son calificados de conservadores, intolerantes o de derechas. Me parece respetable que alguien decida vivir feliz en su agnosticismo, pero no es válido denostar a cualquier persona por el hecho de normar su vida pública de acuerdo con principios; eso se llama congruencia y ésta, llevada al extremo, le ha otorgado a esta nación muchos héroes que son sin duda baluarte de nuestra nacionalidad.

El nuevo santo mexicano es sin duda un ejemplo de entrega a los pobres, no como proyecto ideológico, promotor del odio y la violencia, sino como alguien que entregó la vida por sus convicciones. La historia de México no podría entenderse sin personajes como el obispo Guízar, quien siguiendo fielmente el precepto “A Dios lo que es de Dios y al césar lo que es del césar” luchó por evitar que la Iglesia fuera sometida al Estado, pretensión que llegó a su punto más álgido con la llamada “ley Calles”.

Sólo decir, por último, que ojalá AMLO y sus huestes no salgan ahora con que esta canonización es un “compló”, al ser el nuevo santo de Michoacán, la tierra del presidente electo, por lo que se pudo haber fraguado una “conspiración celestial” similar a la que ocurrió cuando el desafuero coincidió en fechas con la muerte de Juan Pablo II, lo que llevó a decir al Peje que el Papa le quitó reflectores.

El autor es doctorando en comunicación en la Universidad de Navarra

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